Por un lado, niños en roles que no les corresponden. Por el otro, adultos que rehúyen la madurez. En este espejo distorsionado, todos pierden.
En las últimas semanas, el país se ha visto afectado por una palabra que antes era casi invisible en el vocabulario: adultificación. El término cobró fuerza después de que el youtuber Felca expusiera, en un video, los riesgos de la sobreexposición de los niños en las redes sociales. El incidente trajo consigo una incómoda constatación: la erotización de niños y adolescentes no es un fenómeno aislado, sino parte de un ciclo consumista que se alimenta de la interacción digital. Lo que para algunos parece “contenido divertido” sirve de incentivo para pedófilos, delincuentes y una audiencia indignada.
Este episodio expuso un esquema de explotación infantil diseñado para generar clics, “me gusta” y dinero. La exposición excesiva, normalizada por familias, plataformas y patrocinadores, aleja a los niños de su espacio natural de juego y los convierte en un escenario de actuación.
INFANTILIZACIÓN
Al mismo tiempo que se debatía la necesidad de proteger a los niños pequeños, otro fenómeno se viralizó: los adultos recurrían al chupete para liberar el estrés. Lo que parecía una excentricidad —o un meme— resultó formar parte de un movimiento más amplio: la infantilización de la vida adulta.
Este proceso no surgió de la nada: el consumo de juguetes coleccionables, la adopción de una estética nostálgica y la silenciosa negativa a asumir las responsabilidades propias de la madurez ya apuntaban a una «regresión simbólica». Este comportamiento expresa una reacción a las presiones de una vida hiperacelerada, marcada por crisis existenciales y angustias colectivas.
HILO INVISIBLE
Aunque aparentemente opuestos, ambos fenómenos se conectan y exponen la difuminación de los roles sociales. Por un lado, los niños que visten ropa sexy, realizan coreografías sexualizadas y actúan como influencers en busca de audiencia. Por otro, los adultos que buscan consuelo en objetos y estéticas que los devuelven al regazo, la dependencia y la desconexión de la infancia.
La infancia, que debería ser un espacio de juego, descubrimiento y desarrollo, se ve invadida por exigencias de rendimiento y apariencia. La adultez, que debería estar marcada por responsabilidades, la construcción de legados y el cuidado de los jóvenes, se ve vaciada de virtudes. En este tablero, nadie ocupa plenamente el lugar que le corresponde: los niños no son niños, y los adultos evitan ser adultos.
ADULTIZACIÓN En una entrevista con Folha Universal, Marcelo Arinos Júnior, profesor de psicología de la UniArnaldo de Belo Horizonte, Minas Gerais, afirma que la adultificación es un proceso que dura décadas y que se intensifica por el entorno digital. Destaca que el fenómeno, donde se saltan etapas del desarrollo y se valida el modelo social que valora que los niños se comporten y consuman como adultos, es complejo. Marcelo explica que esta actitud va más allá de la estética: «A veces, los niños, en las relaciones familiares, asumen
responsabilidades que deberían ser de sus padres; creen que es su deber cuidarlos, especialmente cuando son frágiles o disfuncionales», afirma.
Cuando los adultos renuncian a sus roles, los niños suelen verse obligados a asumir responsabilidades emocionales prematuramente. En este sentido, la adultificación infantil y la infantilización adulta tienen una relación causal.
EL REFUGIO PARA LOS QUE NO QUIEREN CRECER
El término kidult, que combina las palabras inglesas kid y adult, ha sido ampliamente utilizado: en China, los “adultos chupete” han convertido el hábito en un nicho de mercado; en Estados Unidos, investigaciones recientes muestran que, por primera vez, los adultos mayores de 18 años compraron más juguetes para ellos mismos que para niños pequeños.
UN RETO PARA TODOS
Lo que está en juego no es solo el comportamiento, sino el respeto por el tiempo humano. La infancia es una época de desarrollo, imaginación y protección. La adultez es un momento para asumir responsabilidades, forjar vínculos y compartir experiencias. No basta con denunciar el abuso digital o burlarse de las tendencias de consumo.
Necesitamos reubicar cada etapa de la vida en su lugar: proteger a los niños de la explotación, sensibilizar a las familias sobre los riesgos de la sobreexposición, fortalecer políticas públicas eficaces y, al mismo tiempo, entender la madurez como un valor, no como una carga. De lo contrario, nos encaminaremos hacia un limbo colectivo, un territorio donde nadie es lo que debería ser, donde los niños viven bajo la presión de ser demasiado grandes y los adultos se permiten ser pequeños hasta el final de sus vidas.
“Nido desordenado”
Según Marcelo Arinos Júnior, otro fenómeno que contribuye a la infantilización es el llamado “nido desordenado”. “Cada vez más jóvenes tardan más en abandonar el hogar paterno, y esto está directamente relacionado con la infantilización de los adultos”, considera. Este comportamiento refleja no solo decisiones individuales, sino también un contexto social que, según Marcelo, tolera o incluso fomenta esta dependencia prolongada.









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